Hay muchas maneras de humanizar un animal doméstico, pero la más solícita es la que depara la vida real. Lo que le cuento está blindado en aquella conseja que dice: “cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia” En los años cuarenta había un lugar en la ciudad de Trujillo, donde los campesinos se apersonaban los fines de semana con sus productos agrícolas, para ello, utilizaban bestias de carga de los denominados “Burros”, venían de las partes altas a comerciar rubros tales como: hortalizas, café, naranjas, panela, chimó, aves, aguardiente sanjuanero, cereales, carne seca, queso, chivos, ovejos, entre otros.
El sitio frecuentado se hizo notorio y famoso por la presencia de innumerables recuas de burros (también vendibles) de todas las edades y tamaños, que dio origen a la conocida “plaza de los burros” hoy punto de referencia para entrar al casco central de la ciudad de Trujillo. Sobre el particular nos acercamos a un Trujillano que vivió la época y fue actor en toda la actividad comercial que tenía vida en la denominada “plaza de los burros” que no era en sí, una plaza, sino una redoma al rededor de la cual se amarraban los burros en puestos fijos que asignaba el cuidador de burros o burrero -como se le decía- quien era responsable del cuido y mantenimiento de cada cuadrúpedo a cambio de un trueque: trabajo y miche.
No pocas veces el burrero se emborrachaba y los muchachos de la época -la mayoría estudiantes- aprovechaban la ocasión para hurtar varios burros y darse un paseo por la ciudad que culminaba en una improvisada “carrera de burros” que lograba agrupar a un innumerable público, a la par de alterar el orden público. Al pasarle la etílica al burrero, éste tenía que ir a buscar sus cuadrúpedos en los alrededores del liceo de ese entonces. A sí nos lo contó el señor Orlando Linares, que vivió y participó en esas osadías; nos narraba que no pocos estudiantes sintieron sus primeros amores con una burra muy famosa llamada Filomena, en alusión a una mujer de vida alegre, muy bella y guapa, que nunca aceptaba las propuestas de los imberbes estudiantes; de todo esto -decía el contertulio- surgió una frase despectiva que decía: “vaya que lo bese la burra” muy usada por las damas de la época a la hora de recibir una solicitud de reconciliación de un marido “tira besitos”.
Una de las anécdotas que más recuerdo -decía Orlando- contadas por mi papá, se refería a un suceso donde un hombre alto, de aspecto tosco y vulgar, llamado Lorenzo, traía un burro con 8 arrobas en su lomo, carga muy pesada que obligó al semoviente no seguir la ruta, situación que enardeció a Lorenzo y comenzó a echarle una paliza despiadada. Ante inhumana conducta, se presentó un sargento de la “Sagrada” y detiene al sujeto, ordena montarle la carga por dos horas y darle una paliza como escarmiento. Después de este acto de autoridad el jefe civil dijo: todo aquel estudiante que hurten burras tendrán que venir a mi despacho a regularizar sus amoríos. Y para culminar sentenció: ese baile de la “Burriquita” es una parodia a los amores de un estudiante y una hermosa burra en los albores de los años cincuenta. Tomen ese trompo en la uña.
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